miércoles, 8 de marzo de 2017

Remolinos

    Tenía el cuerpo atrapado en el sofá. Un remolino venido de otra dimensión le empujaba hacia los cojines y le impedía apenas moverse. Podía cambiar y estar boca arriba, boca abajo o en posición fetal pero por mucho que lo intentaba seguía sin poder levantarse. La fuerza de la gravedad parecía haberse multiplicado por cien. Hizo un esfuerzo sobrehumano, tenía que ir a llevar a las niñas a la escuela y luego a trabajar. Trató de alzar las manos y no pudo. Trató de rodar para caerse al suelo a ver si así el remolino dejaba de ejercer esa descomunal fuerza pero le era imposible. Más que un sofá parecía una caja de paredes invisibles acolchada. Inspiró hacia adentro y luego sacó toda la energía que le restaba en el cuerpo para abandonar su sitio. Pero falló de forma miserable. ¿Era esa su condena? Movió el cuello y trató de ver qué hora era. Borroso. Las agujas ocupaban todo el espacio, las horas se mezclaban, las rallas de los minutos y segundos se difuminaban. Unas lágrimas saltaron al sofá que había adquirido unos tonos realmente oscuros. Levantó la voz pero apenas emitió un gruñido indescifrable y que no llegó ni a sus propios oídos. 

  Iban a llegar tarde. Sus hijas seguían dormidas en sus camas. Su mujer le dejó durmiendo hacía ya años y solamente su ahínco en triunfar le había mantenido vivo. Sonó el teléfono y esbozó una media sonrisa. El ruido levantaría a una de las dos y entonces le podría ayudar a salir de tal situación. Casi de inmediato oyó unos pasos y la llama de la esperanza se encendió. Afinó el oído para escuchar de que iba exactamente la conversación, casi no podía aguantar la situación. Quería gritar, quería saltar, quería luchar. Quería vivir. Oyó que la hija que había agarrado el auricular blanco hablaba de él, sobre donde estaba. Venía a por él y lo sabía. 

  La hija entró al salón y le echó una ojeada. Allí no había nadie. El remolino ya se había tragado a su padre. 

sábado, 31 de diciembre de 2016

Presente

A Esther y a Núria, por sonreír.

  Estoy corriendo. Es 31 de diciembre y hace frío pero yo estoy corriendo con mis mallas y mi jersey verde chillón. Corro con los cascos puestos mientras mi cabeza va de un lado a otro, desde la automotivación hasta el arrepentimiento. Me pregunto qué demonios estoy haciendo corriendo por las calles donde niños pasean con sus juguetes recientemente adquiridos y grupos de personas se sientan en la terraza de un bar en compañía charlando de forma animada. Mi vecino me despide en la puerta del portal con una sonrisa y deseándome un buen año. Le he respondido de forma cordial aunque tenía prisa. Tengo que correr mientras suena Solanin.

  Es la una de la mañana. Ayer me fui a dormir temprano y esta mañana me he levantado resfriado. El invierno llega aunque a través de los auriculares suenen melodías en manga corta. He salido a tomar algo y a leer un libro de Ishiguro. Antes de volver he comprado pañuelos para parar un tren. Van a ser dos días largos sin que los supermercados abran y hay que aprovisionarse como es debido. Sigo corriendo, cruzando carreteras y esquivando peatones que exhalan humo blanco mientras pasean a sus perros.

  No sé muy bien qué estoy haciendo ni donde lo estoy haciendo. ¿Por qué corres? me pregunta mi yo interior. Quizás para huir de algo o de alguien, quizás para alcanzar a esa persona o atrapar ese momento. Me veo a mí mismo corriendo delante mío a un ritmo mucho más elevado que el que llevo ahora mismo. Intento acelerar pero es imposible. Mi fantasma se disipa en el horizonte sin  que pueda hacer nada. Pero yo sigo corriendo. ¿Por qué corres? No puedes huir de tu pasado y tampoco quieres llegar a tu futuro porque sabes como va a ser, la experiencia se va repitiendo, las ilusiones se van quebrando y las esperanzas se rasgan en un universo finito. ¿Por qué corres? Tus dudas y tus complejos te sujetan de las piernas, y tus brazos no son lo suficientemente largos como para agarrar a tus sueños, sabes que un chasqueó los transformará en una pesadilla. ¿Por qué corres? Sería más fácil lanzarse al vacío del abismo o dispararse un tiro en la sien. Sería hasta poético, aunque no eres más que un mediocre morirías con veintisiete años como tantos artistas famosos. ¿Por qué corres? ¿Acaso es dolor el que te hace ir a buscar más sufrimiento?Sí, no quieres que te alcance pero ya vive dentro de ti. Sabes que por mucho que corras nunca llegarás, tu límite es el suelo, no el cielo. ¿Por qué corres? Date por vencido. Lo único que te va a rodear es la soledad. No sabes hacer amigos, no sabes mantener personas y las culpas de todos y cada uno de tus fracasos. ¿Por qué corres, amigo mío? ¿Por qué?

  La rodilla me está matando. No tengo ningún motivo para correr, debería parar y dejar de forzar. Estoy lejos de casa, casi en el pueblo de al lado pero la rodilla... Los pinchazos me dicen que basta ya de correr, coge el camino a casa y ves caminando. Cojo y enfermo, sudando y perdiendo. Vamos a casa. Pero no quiero dejar de correr pero no sé porque no quiero dejar de hacerlo. ¿Eres feliz? Sí. ¿De verdad? De verdad. Entonces... ¿Por qué corres? No lo sé. No lo sé. No lo sé. Arranco con más fuerza, quiero gritar, quiero llorar, quiero seguir adelante para que todo se quede quieto, que no cambie ni un ápice. Me sonríe una señora con el carro de la compra, un coche aguarda en la esquina y a duras penas consigo esquivarlo. 

  ¿Tienes miedo a morir? ¿Qué es la muerte? Un chas, un abajo el telón, cinco segundos, quizás menos y se acabó todo. ¿Temes morir? No tengo miedo. No lo tengo. Sigo corriendo en este caos interno mirando al frente y sudando. El sol de diciembre pega de forma intensa pero no quema, el paisaje que se abre se hace eterno. ¿Era tan grande la playa? No lo recuerdo. Recuerdo que pensé algo parecido cuando murió mi madre... ¿Tan grande era esta casa? ¿Qué hago metido en cuerpo vacío de sentimientos y lleno de miedos? ¿Qué hago con una mente despierta que solamente piensa en los y si condicionales que están por llegar? ¿Qué hago con la vida?

  ¿Dónde está mi fantasma? No lo sé. ¿Has pensado en las despedidas? No, solamente pienso en correr. ¿No te gustan las despedidas? No, nunca me acostumbraré a ellas. ¿No es la muerte una despedida? Más o menos pero... Joder, hay que seguir corriendo aunque la rodilla me esté matando. Espera... Quizás no sea la rodilla, parece un ligamento que ata la rodilla derecha con el tobillo derecho. Está tensado como una cuerda de guitarra que está a punto de ser tocada. Quizás se rompa. ¿Te despides? No tengo esa intención, no todavía. ¿Por qué corres? Es verdad que no lo sé pero algo me dice que corra. ¿A qué le temes? Piensa, piensa, a qué le puedes temer. No te olvides de seguir corriendo. Sabes que el futuro te aguarda pero sigues corriendo. Sigo corriendo. Abandona

  Sigo respirando, sigo corriendo. El pasado siempre termina atrapando al futuro por pura rutina. Despedidas... Ya, no quiero despedirme. ¿Miedo? Sí, tengo miedo. ¿A las despedidas? No... Tengo miedo a no volver a verla, a no ser capaz de sentarme con ella y tomar café, a que su sonrisa se disipe en unos recuerdos amontonados en un trastero abandonado por mi yo interior. Tengo miedo a dejar de vivir, a abandonar y a no poder volver atrás y cambiar mi pasado. Tengo miedo a perder. 

¿Por qué corres?

Porque si no corro ahora... ¿Cuándo lo voy a hacer?
Dibujo de Inio Asano del manga Solanin.

martes, 20 de diciembre de 2016

Rojo sobre rojo no es granate: resaca

A Rojo, por ser.

  No he vuelto a ver a Rojo desde aquel día. Por la mañana me levanté, me vestí y llamé a la grúa para volver a casa. No le di dos besos, no le di un abrazo ni tampoco me asomé en su habitación. No he vuelto a saber de Rojo. No he vuelto a hablar con ella ni de ella. 

  Echo de menos a Rojo.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Rojo sobre rojo no es granate: cena.

A Rojo, por querer vivir.

  No tenía pensado quedarme hasta tarde pero dadas las circunstancias decidí aprovechar la tarde y quedarme con Rojo cerca. Tampoco nos veíamos con frecuencia así que agradecía su compañía aunque a ratos parecía que no estuviese. Aquella tarde corta donde la noche empezó pronto compartimos más silencios que palabras, más miradas que abrazos. Como si hubiese un muro entre los dos que nos impedía el relacionarnos de forma directa, casi con señales de humo indescifrables para el otro. No se equivoquen, ambos estábamos cómodos en dicha situación, disfrutábamos nuestros silencios, preferíamos no romperlo con estupideces y no forzar una conversación que no llevaba a ningún lado. 

  Cualquier otro hubiese querido irse y yo tampoco era menos. No por Rojo o por lo que estaba sucediendo en aquella tarde que empezó cálida e iba tomando tintes oscuros a medida que avanzaban las manecillas del reloj. Simplemente ya habíamos improvisado una comida y una tarde inesperada y no había motivo alguno para alargar la estancia. Tocaron las nueve y le dije que tenía que irme, tenía que conducir y luego hacerme la cena. No iba a invitarme a cenar, eso sería demasiado para ambos. Me acompañó hasta el coche y esperó a que arrancase para irme. Estuve cerca de veinte minutos tratando de encender el vehículo. Pero no hizo nada. Abrí el capó del coche y me quedé mirando dentro del motor un rato largo. O esa fue mi sensación, miraba dentro pero sin ver ni entender nada. Rojo lo sabía y soltó una risa: 

  -No saps ni que estàs buscant. 

  Correcto, tenía razón. Resoplé y cerré el capó. Me metí dentro para buscar los papeles y llamar a la grúa para que me llevase hasta casa. Mientras buscaba ella hizo lo que yo pensaba que no haría. Con el cigarro en su mano y ataviada con su gabardina roja, armada con la cámara que se había llenado con instantáneas de ese día y con un hilo de voz, como si le diese vergüenza se dirigió a mí:

  -Queda't a sopar i a dormir a casa. Hi ha espai de sobres.
  -Passo -le respondí.
  -No siguis burro.

  Y dicho esto me quitó las llaves y me sacó del coche, cerró y nos quedamos ahí, mirándonos con una mueca que nos decía "esto es lo que hay". No es lo que había pero ella quería y yo también. O más bien no me molestaba el hecho de compartir todo el día. 

  Llegué a su casa, grande y con un jardín enorme. Estaba vacía, sus padres estaban de vacaciones y no tenía ni hermanos ni hermanas. Tenía un perro enorme y molesto en mi opinión pero a ella le encantaba y estaba enamorada del animal. Cenamos sin prisa, comentábamos lo que podíamos hacer antes de irnos a dormir. Se encargaría de encender el calefactor para no pasar frío cosa que me preocupaba a la hora de dormir. Me prestó un pijama de su padre y me cedió un espacio en la habitación de invitados. Antes de ir al reino de Morfeo miramos una película de las suyas. Iba sobre un chico que se convertía en mariposa, algo parecida a la obra de Kafka pero en imágenes que se sucedían una tras otra y acompañadas por una melodía de música romántica triste. Fuera empezó a tronar y se empezaron a oír las primeras gotas de lluvia. Ella se acurrucó con la manta en un rincón del sofá mientras yo me deshacía de la sudadera y emprendía el camino a mi cama. Estaba todo bastante oscuro en la sala donde vimos la película y casi no la veía, ya pequeña de por sí. Me pareció oír un sollozo proveniente de donde ella se escondía de miradas indiscretas. Quizás fue mi imaginación o quizás había sido yo. No pude ver su rostro y tenía dudas de si quería hacerlo. Le desee buenas noches y ella no me respondió. Repetí mis palabras pero Rojo ni se inmutó. Tal vez estaba ya dormida, tal vez no podía articular palabra, tal vez no quería hacerlo. 

  Me desvelé. Fui al lavabo, que encontré tras dar dos rodeos tremendos y me dirigí a mi cama de nuevo. Fuera caía la lluvia, fuerte, intensa y con rabia, como si quisiera perforar los poros de los atrevidos que osaban desafiarla. Pasé por el salón y ahí estaba la manta con la que Rojo se había acurrucado pero sin Rojo. Fui a su habitación y tampoco estaba allí. No me alarmé puesto que la casa era grande y podía estar en cualquier sitio. Eché a andar y mis pasos me llevaron a la puerta principal, una puerta imponente de madera. Estaba cerrada o parecía estarlo. Sopló el viento y la entreabrió ligeramente y uno de tantos rayos que caían iluminaron la figura diminuta de una persona. Terminé de abrirla y allí estaba Rojo, con los ojos cerrados, descalza pero firme, y con la cara mirando al cielo, con una expresión de querer y desear ahogarse bajo aquella lluvia que dolía y agujereaba el ego y el alma de uno. Supe que ese sollozo fue real y era suyo. Supe que estaba llorando. Lo que no supe fue distinguir las lágrimas de las gotas. 

  Rojo me da la vida.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Rojo sobre rojo no es granate: comida.

A Rojo, por segunda vez.

  El sol de noviembre nos daba en la cara. Las cámaras reposaban en nuestros pechos y estábamos hablando de antiguos compañeros de clase. Estaba siendo un mediodía agradable, una temperatura ideal para decidir si llevar abrigo o no. Sentados en la terraza de un bar bebíamos sorbos cortos de café amargo y respirábamos una mezcla de humo de coche y de humo de tabaco. 

  A Rojo la conocí en la universidad. El cuando y el como no lo sé exactamente. Creo que fue en segundo o tercero de carrera. Yo hacía historia y ella estaba matriculada en historia del arte. Tampoco sé con total seguridad en cuantas asignaturas habíamos coincidido antes de dirigirnos las primeras palabras. Lo único que puedo recordar es que mi grupo de amigos conocía a su grupo de amigas pero creo que ambos éramos más satélites de aquellos grupos que no soles. Así que supongo que compartimos alguna mesa de bar y alguna otra de biblioteca sin apenas conocernos y sin mirarnos ni hablarnos. Lo que si que puedo asegurar es que no me llamaba la atención y tampoco quería conocerla. Al menos yo no tenía intención de hacer ese esfuerzo. Pero terminamos hablando y sentándonos juntos en clase de historia de la música. En esa asignatura la única persona a la cual conocía con más sombras que luces era a ella. Y ella me correspondió invitándome a sentarme a su lado aunque la escena fue incómoda creo que para ambos. Cuando la saludé aquel día ella me dirigió una mirada y tres palabras. Luego me quedé sin saber muy bien que debía hacer así que estuve un par de minutos pensando y recorriendo el aula con la vista. No sé que pensó en ese preciso instante pero lo siguiente que me dijo fue:

  -Vols seure aquí?

  El tono no fue muy agradable. Sonó un poco como a "siéntate ya que me estás poniendo nerviosa". Su voz sonó tranquila y profunda a la vez que metía presión a la hora de decidir. En realidad no tuve tiempo a decidir ni a pensar. Ya estaba nervioso al tratar de ser educado y ella me asustó más si cabe. Respondí afirmativamente y pasados cinco minutos me estaba arrepintiendo de todo aquello. La historia es un poco más larga en realidad. En el bar, horas antes de coincidir en dicha aula ella le preguntó a mi grupo si alguien hacía alguna asignatura de arte y todos respondieron que no, que ese año se iban por otras ramas educativas. Yo no respondí, tengo la tendencia de pensar que mi vida no le importa a nadie. Ella me fulminó y repitió la pregunta señalándome indirectamente a mí y ahí también me puso nervioso y le di un no como respuesta sin recordar que estaba matriculado en historia de la música. La cara que puso cuando me vio horas más tardes y manteníamos esa especie de conversación fue de "vaya chaval". No sé si añadiría un tonto detrás del chaval o un despistado pero me impuso mucho. A partir de ese día empezamos a hablar de forma más frecuente, compartimos horas y horas de biblioteca, bar, Facebook y Twitter, nos contábamos algunas cosas y nos recomendábamos otras. Era divertido y era absoluta y pura rutina que deseaba que no se terminase nunca. Pero todo debe tener un final. 

  Mientras divagaba en los pensamientos ella me devolvió al mundo real con otra pregunta sobre un compañero de clase. No mantengo el contacto con nadie de la universidad excepto ella y otra amiga que aún me dura. Los demás se perdieron por el curso del tiempo o vagan por el espacio virtual de otra realidad que no es la mía. Al final ha resultado ser ella la que se ha ido quedando y los demás los que se han ido sin despedirse cuando siempre creí que iba a ser al revés. Y de esto no me arrepiento en absoluto. Tampoco sé muy bien como empezamos a vernos fuera de las horas de clase pero lo hicimos y fuese como fuese ahora poco importa. El caso es que ahora estamos frente a frente y aunque ella no lo sabe, he conseguido vencer al monstruo que se asomaba detrás de sus ojos cada vez que trataba de sostenerle la mirada. 

Rojo (no) me da miedo. 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Rojo sobre rojo no es granate: desayuno.

A Rojo, por dejarse admirar.  


  Las diez y media y yo volvía a llegar tarde. Había calculado mal la ruta que nos llevaba al punto de encuentro y volvía a hacerla esperar. Intento ser puntual pero siempre hay algo que no sale bien. Un día fue un camión, otro día un coche de la autoescuela y otro día la cola del banco. Claro que seguramente se hubiese solucionado si fuese lo suficientemente previsor para salir diez minutos antes. Por si acaso. 

  Ella estaba sentada en un banco de madera leyendo un libro. No me fijé en la portada ni en el título. Tampoco le pregunté, no me interesaba demasiado. Habían pasado meses que parecían años y que podrían haber sido siglos de haber vivido eternamente. Se levantó y me saludó, no sin antes soltarme una reprimenda por ser impuntual. Lo hacía con la mirada fija y con un asomo de sonrisa que me ayudaba a entender que aquello no iba en serio. Nos dimos los dos besos de protocolo. Y digo de protocolo porque tenía la impresión que a ella no le hacía especial ilusión dármelos y yo a ella tampoco. Ninguno de los dos tiene el don de transmitir sentimientos, más bien de escondernos bajo mantas y sábanas, de construir murallas que llegan hasta el más allá y de caparazones duros donde asomamos la cabeza cuando nos interesa pero nunca jamás dejamos entrar a nadie. Llevaba su abrigo rojo con el que la había conocido. A veces creo que cuando llegue el momento, la enterrarán con ese abrigo puesto. Tiene otro de azul oscuro pero ese no es suyo, no le pertenece. A ella le pertenece el rojo y punto. Lleva una mochila o bolsa, llamadlo como queráis donde seguramente lleva recogida su mimada cámara de fotografiar. Yo llevo mi mochila negra y amarilla y también llevo la cámara. No sé muy bien para que la llevo pero si no lo hago se enfada. Mientras andamos le explico un poco de mi vida, le hablo del horizonte que va más allá del hilo azul que se abre por la Costa Brava, de como sigo tirándome detrás de balones de baloncesto, de las veces que he llorado por esa chica de la que tan enamorado estoy sin ser correspondido. Aquí ella me corta y me dice:

  -Tens por que sigui l'última vegada que t'enamoris així.
  
  Pienso, busco una respuesta mientras encaramos la entrada de un bar. Mientras, ella inhala una calada de su cigarro y lo tira. Me mira aunque yo no la miro a ella. Me quedo un poco quieto y le doy mi respuesta:

  -Tinc por de que sigui l'única vegada que sento amor així. 

  Sonríe y me sujeta la puerta para que entre delante suyo.

  Ella elige acomodo, ella sabe cual es la mejor mesa y las mejores sillas y yo únicamente la tengo que seguir. Es un bar normal y corriente, con sillas de madera, con azulejos en paredes y suelo que le dan un toque veraniego. Tienen un par de cuadros colgados, un espejo, unas cuántas fotografías de distintas épocas y dos camareros jóvenes que se mueven con rapidez. Uno de ellos está detrás de la barra, sentado, absorto con su teléfono y tecleando la pantalla. Debe ser un móvil táctil de estos que todo el mundo tiene excepto yo. Ella vuelve a regañarme: 

  -Compra't un teléfon ja i posa't whatsapp que no sabem res de tu, coi. 

  Sabe que no lo voy a hacer pero por intentarlo no pierde nada. Desayunamos. Un café con leche y un bocadillo pequeño. Tampoco se trata de la gran cosa, estamos más para charlar que para comer. Ella me habla un poco de cine y series, de su vida en Girona, la tesis que le amarga la existencia y de fotografía. Aquí me vuelve a regañar con gesto serio cuando le digo que hace un año mínimo que no toco la cámara. 

  -Doncs molt malament noi- me dice.

  La verdad es que me da un poco de vergüenza cuando me mete estas pequeñas broncas porque sé que tiene razón. En cierto modo me hace sentir culpable. Creo que debería invertir más tiempo en mirar series, mirar películas y hacer fotografías, así tendría más cosas que compartir con ella. Pero tampoco son mis pasiones, son las suyas así que utilizo el tiempo que puedo y muestro el interés que tengo. Miro mi cámara de fotografiar la cual ya ni recordaba el tacto que tenía. Trasteo con ella a la vez que ella está viendo sus últimas fotos. Me debato entre la admiración y la envidia, con la mirada clavada en ella y en el movimiento de sus manos. Va murmullando cosas y va pulsando botones, no sé si es el de borrar o el de ampliar y tampoco importa. Cada vez que levanta levemente la vista para ver que hago agacho la cabeza y hago ver que juego un rato con mi cámara. Rápidamente vuelve a su faena. Pasados unos minutos me empieza a enseñar fotos, me explica cosas del diafragma y de la obturación, me da consejos y me hace un recordatorio rápido de como funciona mi máquina. Le pregunto porque realmente me interesa. Me interesa la fotografía y me interesa que ella me siga hablando, que siga estando ahí. Me mira y me pregunta:

  -Ho has entés?

  Asiento con la cabeza aunque no sé si es del todo verdad. 

  Seguimos hablando sin fijarnos en el reloj. Paga ella puesto que yo he hecho (según ella) el esfuerzo de venir hasta aquí y ya me he dejado suficiente dinero en gasolina. Añade que lo importante es que he invertido mi tiempo en venir a verla. Le digo que es una inversión bastante fiable y segura, que no tiene mucho riesgo. Vale la pena. Damos un rodeo. Y dos. Y tres. Me obliga a tirarle fotos a todo lo que se mueve. Y a lo que no se mueve también. Obedezco y me pongo a tirar fotos como un poseso. Ella va mirando el resultado y hace indicaciones sobre errores o me da la enhorabuena por hacerlo bien. Va pasando el día sin que apenas nos demos cuenta. Cazamos momentos e inmortalizamos instantes a cada paso que damos. Es más bonito ver el mundo a través de un objetivo, te permite ver lo realmente importante y enmarcar aquello que quieres expresar sin tener que recurrir a las palabras. 

  Cuando me doy cuenta son las dos del mediodía y tengo un largo trecho hasta llegar a casa. Tengo que ir a buscar el coche aún y salir a la autopista lo que no sé cuanto me va a llevar. Soy bastante desorientado para estas cosas. Antes de darme tiempo ella me invita a quedarme a comer y a hacer una especie de excursión por la tarde. Acepto casi sin quererlo, como si llevara toda mi vida esperando a este momento. Se pone a andar y la sigo. Miro mi cámara de fotos y empiezo a reflexionar sobre su uso. Dudo de si quiero fotografiar o si simplemente me la compré para estar más cerca suya. Me pongo en posición de ataque, guiñando el ojo y con el dedo encima del disparador. Ella es el centro de atención de una foto que jamás existirá pero que guardo con recelo. Ando mirándola a través del objetivo. Me pregunto si estando así sería capaz de mirarla a los ojos. No lo sé pero sé una cosa:

  Rojo me da seguridad. 

jueves, 8 de septiembre de 2016

Soñamos

  Soñamos constantemente. Soñamos paisajes bonitos, momentos especiales, pesadillas inabarcables. Soñamos con plantar un árbol y escribir un libro, con vestir a la incertidumbre de valentía y llegar hasta los confines del miedo para vencerlo. Soñamos con lanzar la tristeza desde lo alto de un rascacielos y dejar la calle manchada de lágrimas que nunca abandonaron esos ojos que tanto nos han hecho sufrir. Soñamos con liberarnos de las cadenas que nos mantienen presos contra nuestra voluntad, ir en contra dirección, esquivar el tumulto y soñamos con ser el pastor de un rebaño que indeciso camina entre dudas sombrías y mentiras manchadas de realidad. Soñamos con agarrar la felicidad y guardarla bajo la piel, soñamos con noches intensas contigo gritando a mi lado. Soñamos con llegar al infinito y dar un paso al vacío mientras sonreímos. Soñamos con poder ser soñadores de sueños reales. Soñamos, y soñamos tanto que el sueño transforma nuestra realidad. Somos soñadores de lo real, de lo existente, de lo que fue, de lo que es y de lo que será.